Un rincón amigable y amistoso para quienes gustan del cine y la literatura... juntos y revueltos
martes, 7 de septiembre de 2010
UN PERRO ANDALUZ
domingo, 8 de agosto de 2010
VIAJE AL FONDO DE LA LOCURA

martes, 27 de abril de 2010
EL ESTIGMA DEL PECADO
Es lugar común un tanto cansino hablar de John Ford como el mejor director de westerns de la historia del cine. Desde antiguo me ha producido cierta irritación ese tópico que, si bien como tal no carece de fundamento, soslaya de forma flagrante que la vasta filmografía de Ford cuenta asimismo con obras maestras tan irrefutables como, por citar sólo algunas, El hombre tranquilo, Qué verde era mi valle, Las uvas de la ira, La taberna del irlandés, El último hurra o, sin ir más lejos, El delator; todas ellas distantes del majestuoso marco natural del Monument Valley y parajes adyacentes.
Por diversos motivos –entre ellos, precisamente el no tratarse de un western–, El delator, que deparó a Ford el primero de sus cuatro Oscar, se ha visto un tanto relegada por las huestes fordianas con el correr de los años. Para mí –como para Juan Antonio Bardem, quien me confesaba que su vocación para el cine nació tras su visionado–, sigue siendo una espléndida película, cuyos valores encuentro intemporales e imperecederos, como ocurre con los verdaderos clásicos. En ella se encuentra intacta la proverbial facilidad narrativa de Ford; su envidiable instinto para contar una historia aunando estilo y sencillez.
Con guión de Dudley Nichols a partir de la novela homónima de Liam O´Flaherty, El delator discurre en el Dublín convulso de comienzos del pasado siglo, en un lapso de tiempo exiguo (spoiler): las doce horas que separan el encuentro del gigantón Gypo Nolan (un Victor McLaglen inmenso en todos los sentidos) con su antiguo amigo Frankie McPhillip, activista del IRA al que delatará, y su muerte y redención tras confesar su culpa a la madre del propio Frankie en una secuencia final para las antologías. En el trayecto hasta alcanzar ese desenlace asistiremos a la recreación de una galería de personajes cuyo retrato de caracteres y tipos humanos no desmerece de Balzac.

El primero, naturalmente, el del propio Gypo Nolan; uno de los aspectos que encuentro más admirable en El delator estriba en el hecho de que, en contra de lo usual –esto es, que el rol principal esté reservado a un personaje dotado de rasgos (internos y/o externos) que propicien y favorezcan la identificación del espectador–, el protagonista de la trama es aquí un individuo espeso y tosco, de cortas luces y aspecto amenazador, que sin embargo no sólo no resulta repudiado por el respetable sino que, a pesar de ello y de lo execrable de su proceder, resulta plenamente entendido, ya que no exculpado o justificado. El perdedor de aureola romántica que tantas veces hemos visto en la pantalla grande está en las antípodas de Gypo Nolan. Este mérito, nada desdeñable, debe imputarse tanto al talento de Ford como a la espléndida y ardua labor del actor galés, capaz de infundir una amplia gama de matices a un personaje extremadamente complejo, justo por su aparente sencillez, por su simpleza congénita.
El trasfondo religioso, de impregnación católica, remite ya desde el mismo arranque a la figura bíblica de Judas. El pasquín en el que se detalla la recompensa por Frankie McPhillip (veinte libras en lugar de las consabidas treinta monedas de plata) es arrancado y arrojado al suelo por Gypo; pero unos segundos más tarde una súbita ráfaga de viento lo arrastra hasta enredarlo en los pies del protagonista, que ha de porfiar para desembarazarse de él. Gypo, como Judas, encarna un rol que le viene adjudicado por el destino.
Afloran en la puesta en escena resabios del cine mudo (sobreimpresiones, de modo muy destacado), cuna en la que se forjara el autor de El caballo de hierro; entrañables vestigios de una era extinta que, por lo general, tienden a alentar el tono fatalista del filme. (Spoiler) El magnífico desenlace antes aludido es filmado por Ford de manera tal que cabe conjeturar si se trata en realidad de una alucinación del protagonista, atormentado por el peso de su conciencia, que encuentra en el instante previo a la muerte el perdón y la paz. La carga simbólica y religiosa del relato cristaliza en el plano final, en el que Gypo interpela a la figura del Cristo crucificado: “Mírame, Frankie; tu madre me ha perdonado”.
El delator, como todas las que transcurren en su querida Irlanda, está entre las películas más sentidas de Ford; el manierismo expresionista y artificioso que se le achaca por algunos es más bien una muestra del cuidado puesto por el cineasta en la composición de cada encuadre. Un esmero forzado también –es justo decirlo– por la precariedad de medios. Ford hubo de rodar en un plató desvencijado, con decorados pintados sobre lona, lo que condicionó en buena medida el tratamiento fotográfico, pródigo en altos contrastes para eludir una mayor definición del irrisorio escenario.
A pesar de lo dicho, la acción fluye con la naturalidad proverbial en su cine. Con la cadencia precisa para registrar las emociones en estado puro. Esta hermosa película, como ocurre con las piezas maestras, obra el raro prodigio de cauterizar las heridas del alma.

lunes, 4 de enero de 2010
AVATAR
miércoles, 23 de diciembre de 2009
AMAZONA REPOSANDO TRAS LA BATALLA

sábado, 31 de octubre de 2009
PASAJE A LA INDIA: EL ECO INTERIOR


sábado, 8 de agosto de 2009
NACIDO PARA CORRER

Cuando Jon Landau, el avezado cronista, le vio actuar por primera vez allá a principios de los setenta, conmocionado declaró: “He visto el futuro del rock. Se llama Bruce Springsteen”. El tiempo ha venido a demostrar que el vaticinio no andaba errado. Ha estado hace poco en tierras andaluzas y, frisando los sesenta años, el creador de The River ha ratificado que no hay nadie como él en la escena internacional.
¿Qué hace a Springsteen distinto al resto? Para empezar es un compositor formidable, a la altura del mejor Dylan, uno de sus maestros. Su repertorio cobija decenas de temas entre lo más granado que ha dado el género, tanto en lo musical como en cuanto a textos. Bruce –al que, es sabido, apodan desde sus inicios el Boss (el Jefe)– ha narrado emocionantes historias de perdedores que recorren las extensas y desoladas carreteras de la América profunda en busca de la tierra prometida, de un lugar en el que lamer sus heridas y empezar de nuevo, como si los golpes de la vida sólo fueran cicatrices en una piel curtida y recia. En su obra late un elogio de valores tan eternos y hoy en entredicho como la lealtad, la solidaridad con los más débiles, el respeto a los mayores –a pesar del ineludible choque generacional–...
Pero lo que convierte en insólito el caso de Springsteen no es tanto la defensa de esos principios como el que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, su conducta se corresponde fielmente con aquello que enaltece. No ha construido pose alguna, no presume de aquello que no es. El éxito no le ha tornado un individuo arrogante o fatuo; comparte hotel con los músicos que le acompañan, a los que trata como lo que son: viejos amigos. Sin caprichos de estrella veleidosa, mezclándose con sus fans como uno más de ellos. Y entregándose en el escenario sin medida, devolviendo con creces el precio de la entrada sin mirar el reloj con impaciencia.
Su vida no es un rosario de escándalos; se limita a crear música y a interpretarla lo mejor que sabe (y no es poco). Es un amante del trabajo bien hecho; otro rasgo en retroceso en la era que vivimos.
El público le adora porque aprecia en él el liderazgo que brota de la cercanía y el talento, no del marketing o el discurso hueco y engolado. En estos tiempos de crisis ojalá contáramos en nuestra clase política con alguien que, siquiera remotamente, atesorara el perfil de líder de este chico de New Jersey, que, como reza la letra, nació para correr.
sábado, 4 de julio de 2009
DULCE FARRAH





